Quizás el título te sorprenda y hasta pienses que me he equivocado o que soy irreverente, pero no es así. Lo he hecho a propósito para hacer que te cuestiones sobre tu relación personal con Dios, ya que espectadores ya hay muchos; testigos hay pocos.
Quiero retarte que comiences a hacerlo.
Contaré algunas pocas de las muchas anécdotas que han sucedido en mi vida espiritual a través de caminar en la fe éstos largos años, en los que cada vez sigo sintiéndome como un principiante. Tengo la esperanza que dichas anécdotas te ayuden en tu caminar y te motiven a confiar más en los misteriosos designios de Dios, quien está más cerca de ti de lo que tú te imaginas.
ANÉCDOTA #1 … Y DIOS LE DESTAPÓ EL OTRO OÍDO
El 7 de octubre de 1991 tenía yo 17 años y sucedió el acontecimiento más importante en mi vida: ¡conocí a Dios! Esa noche, después de mi liberación y casi por terminar el grupo de oración, nos anunciaron que dentro un mes y medio se realizaría un retiro de evangelización y que uno de los requisitos era estar en estado de gracia. Pues bien, días antes de la gran fecha acudí a confesarme al Templo de San Francisco de Asís, en la Ciudad de Chihuahua, México. Dicho templo es atendido por los Dominicos. Mientras estaba en la fila esperando mi turno después de un largo y meticuloso examen de conciencia, la paz y el silencio de los hiciste qué…? ¡Háblame más fuerte que no te oigo! ¿Cuántas veces?”. ¡En el confesionario estaba un anciano sacerdote que estaba medio sordo! Las rodillas comenzaron a temblarme pensando que mi confesión iba a ser oída por todos. Y la tensión creció cuando vimos que algunas personas salían llorando del confesionario llenas de vergüenza. ¡Oh Dios mío!, comenzó a haber desertores en la fila. Confieso que quise unirme a los que huyeron, pero en lugar de eso comencé a orar diciendo: “¡Dios mío, tú sabes que estoy feliz por asistir a ese encuentro contigo, pero tengo miedo de ser oído por los demás. Por favor, abre los oídos de ese sacerdote y tapa los oídos de los demás…” A medida que se acercaba mi turno los nervios comenzaron a traicionarme y… mi turno llegó. Al momento de arrodillarme ante el sacerdote éste me pregunta cuánto tiempo había transcurrido desde mi última confesión y tímidamente y en voz baja le dije que había sido más o menos cuando tenía 9 años de edad. Esperaba que me gritaría, pero en lugar de eso me dijo suavemente: “Bien hijo, quiero escuchar tu confesión”. Me acercó hacia sí y yo comencé, uno a uno, a confesar mis pecados acumulados en muchos años mientras aquel anciano sacerdote de Cristo en silencio asentía. ¡Escuchó claramente toda mi confesión y no me pidió alzar la voz! Realmente Dios escuchó mi oración y obró el milagro que le pedí. Y no sólo eso, sino que aquel confesor me trató con tanto amor y dulzura que percibí en él al mismo Dios.
Salí feliz de ahí y comenzó una nueva vida para mí.
ANÉCDOTA #2 ¡SÚPER CRISTO!
Cuando contaba con alrededor de 18 ó 19 años, durante un retiro de evangelización juvenil al que me invitaron a servir, me pidieron que predicara sobre el Amor de Dios. Yo estaba con mucha disposición de servir, con gran celo por el Evangelio y ardor por las almas, pero carente de experiencia al hablar en público. De tal modo que, en cierto momento de mi predicación y sobrepasado por la emoción pero con mucha falta de sentido común grité: “Es tan grande el amor de Dios por ti, que para salvarte del pecado se entregó ¡y cargó una Cruz que pesaba 500 kilos!”. WHAT? No hace falta decir que los demás servidores se rieron de mí en ese momento (y durante algunos años) recordándome en cada retiro aquel bochornoso episodio. Después me imaginé a Jesús riéndose a carcajadas y diciéndome: “Ay, hijo mío: el Profeta Isaías dijo que eran las culpas de ustedes las que Yo cargaba y que soporté el castigo que les trajo la paz… ¡pero no te pases con una Cruz de 500 kilos!”
ANÉCDOTA #3 EL DISCÍPULO CALVO
Un par de años después, sirviendo en otro retiro juvenil, nos encontrábamos varios servidores orando ante Jesús Eucaristía en el Santísimo Sacramento del Altar. Dábamos gracias a Dios, cantábamos, intercedíamos, etc. Llegó el momento en que cada uno de nosotros decíamos algo al Señor y los demás apoyábamos esa petición, súplica o lo que fuera, y de repente, en un momento de inspiración y entrega se me ocurre decir “Señor, quiero servirte plenamente. Por favor, quítame lo que me estorba”. A lo que de inmediato, en mi corazón recibí su respuesta: “Hijo, nada te estorba para ser mío… a menos de que quieras quedarte calvo.”
Vaya respuesta; Dios sí que tiene un sentido del humor muy fino.
ANÉCDOTA #4 “… VE Y DILE DE PARTE DE MI MADRE”
Esto sucedió hace como 7 años. La Biblia nos dice que nuestra mano derecha no debe saber lo que hace la mano izquierda, pero con lo que voy a narrar quiero hacer notar que, muchas veces, los llamados que Dios nos hace para actuar en su Nombre van, incluso, aparentemente en contra de nuestra lógica y nuestra reputación.
Hace algunos años, un día entre semana pasé frente al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe y decidí entrar a orar. Ya cuando estaba yo en lo mío veo que entra una señora muy apurada y se pone de rodillas ante el Altar donde estaba la imagen de la Guadalupana y comienza a platicar con ella de una manera muy particular; hacia muecas de preocupación y gestos con sus manos quizás explicando a Nuestra Señora por lo que estaba pasando en esos momentos y pidiendo su ayuda. La situación me distrajo por completo de mi oración y me quedé observando aquella tierna escena. Cuando de repente, escucho una voz masculina que me dice suavemente: “Ve y dile que dice mi Madre que todo estará bien.” Me llamó la atención ese llamado, pero no hice caso. Por segunda vez escucho esa voz que repitió la misma frase: “Ve y dile que dice mi Madre que todo estará bien…” Entonces me dije: “Nooo, esto no es cierto.” Por tercera vez, pero de una manera algo enérgica en el tono de voz se repitió lo mismo, pero esta vez como una orden: “¡Ve y dile que dice mi Madre que todo estará bien!” Al momento y como impulsado por un resorte me puse de pie y dije a esa voz: “¡Oh pues, que ya voy…!” No solo me sentí desconcertado, sino que pensé que estaba a punto de hacer mayúsculo ridículo porque en ese momento dentro del santuario sólo estábamos aquella señora y yo. Después de armarme de valor, todavía vacilante, me acerqué y le dije: “Ejem… disculpe señora… em”, ella me preguntó “¿Sí, m’ijo”, mirándome un poco impaciente porque vio mi cara de atónito y que además le estaba quitando su tiempo. “Eh… dice Jesús que dice su Madre que le dijera a usted que todo estará bien.” Siguió un silencio algo incómodo para mí y ella solamente me miró a los ojos y me dijo “Gracias”.
¿Qué esperaba yo, una medalla por mi acción? ¡Claro que no! Como dice el Evangelio de Lucas: “solo somos siervos inútiles que hicimos lo que teníamos que hacer.”
UNA AVENTURA LLAMADA AMISTAD
Alguna vez alguien dijo: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes.”
Esto es verdad cuando vivimos en una relación personal de amor y amistad con Él; intimidad –según se dice en el lenguaje de la mística católica- que nos hace sabernos amados y nos hace desear estar con el Amado y, como San Juan de la Cruz exclamar “¡Oh llama de amor viva que tiernamente hieres de mi alma en el más profundo centro! Pues ya no eres esquiva acaba ya si quieres, ¡rompe la tela de este dulce encuentro!
Pero no olvides que, Dios toma en serio todo lo que le dices. Aunque a veces puede jugarte bromas para hacer más ligero tu camino.

 

E.Gerardo García J.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *